mayo 26, 2006

LA TUCA

Es una de esas mujeres altas y con tetas de silicona que, a la primera de cambio, te sueltan que fueron modelos y actrices “de jóvenes”. La Tuca está tan estirada, que el obligo le llega a la garganta, para hacer un chiste fácil. La Tuca lleva extensiones cortadas pero que volverá a ponerse y colágeno en los labios. A la Tuca le cuelgan las pieles bajo los brazos, entre las ingles y sobre las rodillas. La Tuca mira desde unos ojos abiertos con bisturí, bajo unas cejas tatuadas y entre pestañas de implante y me dice que se va a Argentina a ver el Mundial y a hacerse una cura en el spa de no se donde, porque “su Santiago”, que bebe, toma, mucho, hay que volver a ponerle el cuentakilómetros a cero. Eso me dice, mientras su culo apretado dentro de unas mallas negras se bambolea hasta la pista de tenis. La Tuca también lleva uñas postizas y el alma remendada, eso lo adivino yo, y seguro que la Tuca tiene a un Santiago que emigró de la Argentina huyendo de la democracia y de los cargos contra Pinochet. El hombre debe tomar para olvidar que tiraba jóvenes desde aviones. O tal vez cosas peores. El hombre toma y paga silicona para su Tuca artista, para que le deje en paz con los recuerdos que le atormentan entre las botellas de lo que sea que tome. Entre los fantasmas que le deben aparecer en la resaca y por eso sigue tomando, para mantenerlos alejados, para mantenerse alejado del sonido de los motores de los aviones y de los gritos que retumban en su cabeza desde hace décadas. La Tuca lo cuida con esmero y le pone el cuentakilómetros a cero una vez al año, y le revisa la tapa del delco y el nivel de aceite y agua, y le limpia las gafas que se le empañan, a Santiago, cuando los vapores etílicos suben por su cara, agarrados a su piel. Sostiene una raqueta en la mano y, entre los dedos, dos pelotas peludas de tenis. Sostiene en la cara una sonrisa ensayada, de glamour de hace siglos, la Tuca se educa para llevar sobre el pecho lentejuelas que dicen Gucci.
Y me invade una tremenda ternura cuando la miro, intentando descubrir detrás del iris pardo de sus ojos pequeñitos algo que no se definir. Mientras valoro el blanco de sus prótesis dentales, mientras leo en las arrugas de su cuello la caducidad de su último lifting. Me invade como una tristeza cuando busco, entre las venas que rodean sus pómulos, las líneas de la historia de la Tuca.
A comerme un ceviche de caracol que iría yo con ella ahora mismo, aunque sólo son las 9 de la mañana y a beber cerveza con tequila, para saber en que tablas bailó, en que escenarios se desnudó la Tuca artista. Y me comería tres boquinetes empanizados mientras escuchara como conoció a su Santiago, como lo embelesó, como sonrió cuando él le regaló las primeras perlas de un amor que prometió para toda la vida. Y mil crepas con cajeta me tragaría, para oírla contarme como le dolió el primer desengaño, como se armó de valor con la primera borrachera, como se le fue rompiendo el alma a pedacitos y como la fue reconstruyendo con liposucciones y estiramientos, con sesiones de spinning, de bisturís y botox. Dejándose en el quirófano los trocitos de amargura que son la angostura de su vida...
A la Tuca le sobran los años, las heridas en el corazón y las penas en el alma.
Y yo, que sólo estoy de paso, la veo alejarse hacia el gimnasio, de la mano de su personal trainer. Y pienso que, en este mundo, cabemos todos.

mayo 25, 2006

DRAGONES, BRAGUETAZOS Y EL CIRCO DE LA VIDA


Nos esperan en el barco. El marinero patrón al timón y copas de cava en las manos. Al pisar el espejo de popa, me doy cuenta de que la motora podría llamarse “bienvenidos a frikilandia mex”. Un cincuentón pequeñajo de ojos muy azules metido a presion en unas bermudas rojas se avalanza sobre nosotros y nos dice “soy Paquito, soy Paquito”. Vale, eres Paquito. Qué tal. Sentadas en la bañera, como dos efigies faraónicas veo a una mexicana (de las modelo putón de Guadalajara) y la que parece ser su hija. La top model se nos ha puesto un bikini de licra negro, apretado, tan apretado que creo que le deben doler las costillas y el cuello, con bordados de lentejuelas: un dragón oriental por teta, sacando fuego por el pezón, osea, por la boca. El mejor complemento que ha encontrado en su fondo de armario es un pareo negro transparente que lleva anudado a la cintura. Me recuerda a los catálogos de ropa interior de los sex shops. Sumamente elegante. Paquito da saltos por el barco como un chimpancé nervioso y las “chavas” sujetas las copas de champagne con el meñique al aire, escondiendo las cejas tatuadas detrás de unas enormes gafas de sol Chanel, también negras. Mamá lleva los labios tan perfilados que parece Charlie Rivel, después de una mala noche. Nuestro anfintrión ha preferido a Gianni (Versace) para protegerse del sol tropical. Termina el elenco de la pantomima del día un par de jovenzuelos enamorados, hispánica ella y mexicano él. Es sin duda, el primer braguetazo que se me presenta. Huele. Apesta, a bragueta buscando dólares. El chaval es mono, todo lo mono que puede ser un mex maya, pequeñito y con ese cráneo que parece que les han dado un golpe en la frente. Con su Lacoste blanco y su gorra golfera Callaghway. La niña viste (o desviste) bikini rosa y bolso Loewe. Yo sigo con mi tradición de Zara, Zara y más Zara. De arriba abajo. Zarpamos.

El segundo marinero, que hace las veces de mayordomo náutico ofrece cerveza o champagne. Me inclino por el champagne. Preveo que el día sera largo y nada mejor que celebrarlo con la viuda de Cliqot y sus burbujitas doradas. Navegamos por las aguas calmadas de la laguna, dejando a babor la selva. La música, a tope, llama la atención de los que andan paseando por la orilla, los que están instalados en los banquitos y los que ya colgaron su hamaca de las pérgolas que adornan el camino que bordea la laguna, a esa altura de Cancún. Madame Dragon desfila hacia cubierta e instala su culo moldeado a base de ejercicios de pilates sobre la colchoneta rayada. Mademoiselle la sigue, aprendiendo de mamá. Nuestro anfitrión se disculpa, debe atender a sus invitadas y a mi me parece bien quedarme un ratito disfrutando del ruido del motor, de la estela que dejamos atrás y de una tonta conversación con Mr. Bragueta. El marinero mayordomo sirve unas Coronas con tajo de limon y chupito de tequila fresco a los de cubierta. Paquito se ha apoderado de la proa y le veo sentado, con su pequeño cuerpecillo emulando a Leo Di Caprio, al ritmo de Barry White.

Llegamos al puente que separa la laguna del mar, donde los turistas pagan por que les lleven en carabela y les den langosta viva, en noches de farolitos y rancheras. Nos adentramos en el mar y se abre delante de nosotros un maravilloso espectáculo. El azul flurescente del mar, inunda el mundo y lo llena todo de luz. Madam Dragon se recoloca el pelo (le habra costado sus buenos tirones y horas de secador conseguir ese alisado nipón que luce), las gafas, y deja que los dragones se muevan al ritmo de sus pezones. Bebe tequila y cerveza y los lagartos piden guerra. De momento, lo unico que consiguen son una olivitas, unas chips y unas cortezas. Y más tequila. Eso, que no falte.

Tres cervezas con sus correspondientes tequilas más tarde, nos llevan hasta el embarcadero de Isla Mujeres que dispone el restaurante en el que comeremos. Los marineros enfundados en sus camisetas a juego, lanzan amarras y paran el motor, reorganizan el desastre tequilero y nos miran alejarnos, moviendo culos en bikinis y bañatas hacia una playa blanca, virgen, inmaculada. En la orilla, rozando el mar, bajo una palmera idílica, una mesa redonda, con su mantel blanco hasta la arena nos espera. Pero antes...unos margaritas!. El restaurante ofrece piscina y jacuzzis a los privilegiados que podemos llegar por mar a este pedazo de paraíso.

Madam Dragon no se relaja, le preocupa el pelo (creo que si se lo moja, se le erizara cual Espinete, y perderá ese toque de glamour que tanto le ha costado) y sumerge sus dragones teteros en las aguas tibias, agarrándole fuerte a la cintura de su sponsor del día, nuestro anfitrión. Le dedica mimos y cariñitos, y le cuenta bajito, aunque yo puedo oirla que es dentista por la Complutense de Madrid. Acerco la oreja para verificar que no ha dicho algo diferente, que suene a “con puta” y “Madrid”. La imaginación no tiene límites a la hora de hacer de uno mismo una caricatura para venderla en el mercado de las vanidades. La creatividad no tiene fronteras cuando se trata de añadirle fantasía a un currículo que adivino sera más de “puta” que de “compluta”. Y más de Tijuana, que de Madrid. Al Gianni de turno, parece no importarle, y sigue compitiendo en achuchones con los tirantes del bikini, que ahora ya marcan una línea roja alrededor de las dorsales, como un herpes. Los dragones sacan la cabeza para respirar de cuando en cuando y el pelo empieza a descontrolarse. Los mil pesos gastados en un brushing esmerado se están yendo por el sumidero de la piscina, como las bacterias que se comerá la depuradora. En el otro extremo de la piscina, Mr. Bragueta sigue seduciendo al dólar con un personal estilo, que se parece en demasiadas cosas a los gestos y arrumacos de Madam. Presiento que son de la misma Universidad. Tal vez él también sea dentista...
Paquito completa el cuadro volcando vasitos de tequila en el agua, haciendo aguadillas con sus propios chistes y poniéndose el gorro de bufón.

Ya en la mesa, nos distribuimos de forma que los universitarios puedan tocar las rodillas de sus presas. Tres mil camareros nos llenan la mesas con de todo: ceviche, pulpo (alguien intenta convencernos que es “a la gallega”, pero no veo ni aceite de oliva ni pimentón, pero hoy en día ... quien tiene narices de discutir con un cheff?), una ensalada de caracol (que es como sepia pero diferente...) y una pasta de habanero, de chile habanero que pica como si mascaras chicle de wasabi. Finalizados los aperitivos, con la chispa que el vino blanco y el sol cayendo a plomo, colándose entre las hojas de la palmera, nos sentimos más desinhibidos y Rusqui nos deleita con sus monólogos de borrachín profesional, de gracioso incontinente, de perla de los mares. Rusqui come, bebe, se salta el protocolo y nos hace tocar su pecho peludo, alegando que a los japoneses les vuelve locos. Todavía no se que pintan los japos en una comida en Isla Mujeres, pero a Paquito uno le perdona todo. Al menos, la primera vez.

Llega el pescado y el cocinero del lugar ha tenido a bien disfrazar a las insípidas gambas, que se obstinan en llamar camarones, con una gabardina más pesada que la del inspector Colombo. El empanado del pescado, también travestido, alegra el poco sabor que las aguas del caribe le dan a los peces comestibles. Y nos sueltan en el centro algo que se supone que es una exquisitez, pero que a mi me parece una dorada de crianza, de las de vivero, con más años que Matusalén y que lleva encima de las brasas desde el día en que Noé decidió repoblar el mundo, después del diluvio. Esta reseco, el poble pez y no habla por educación, que seguro tiene más historias que contar que Corin Tellado... Al final, agradeces el habanero, porque todo lo mata. Da igual lo que comas. El habanero lo reviste con una capa de picante que hace que bebas más vino, y eso, con Paquito al lado, es vital. Básico para llegar a los postres, sin clavarle el cuchillo en el centro del pecho para ver si, detrás de esa mata de pelo hay un ser humano o sólo un mono que brinca y dice tonterías.

Madam Dragon ha comido poco, y lo hace de forma pausada, como si quisiera deprender una elegancia de universitaria que yo no me trago ni con un plato de jalapeños para mi sola. Madam Dragon bebe vino a sorbitos y hace como que ya está de vuelta de todo mientras mira, poniendo ojitos a su nuevo patrocinador. Madam Dragon pone a sus reptiles encima de la mesa y nos ofrece un canalillo gratuito. La nena ni la mira, creo que ahora echa de menos su Ipod y daría cualquier cosa por estar en cualquier otro lugar con cualquier otra gente. Pero aguanta, vaya que si aguanta...

La sobremesa se alarga y Mr. Bragueta se lleva a su princesa a una hamaca, a darle algún motivo más para que no mire hacia otros horizontes más cabales. Se asegura el tanto y no quiere despistes. La boda es dentro de cuatro meses y sería una pena de tiempo invertido, si ahora su prometida reaccionara como un ser humano normal en vez de cómo una gilipollas hija de papa. Chico, te entiendo, te juegas demasiado. Llévatela y siguele cantando rancheras.

Las caipiroskas llegan y la cuenta llega. Mr. Money saca una visa que debe ser de diamantes (esta comida no se paga ni con una amex de platino...) y yo me dejo llevar por una puesta de sol espectacular, por un atardecer de ensueño. Por una luz mágica, que se lleva, por un momento, cualquier mal pensamiento de mi cabeza y me pide una reverencia absoluta. Creo en Dios. Al menos hasta que el milagro del ocaso se consuma y nos sumamos en una oscuridad cálida. Luego vuelven los demonios, los dragones y los malos pensamientos.

Paquito lanza un grito de guerra y volvemos al barco, para recorrer las 6 millas que separan el continente de la isla, sobre unas aguas que van tomando el color del petróleo. Barry White vuelve a desgañitarse y Madam Dragon y Mr. Money se apoderan de la cubierta, en un deplorable espectáculo de besos de enamorados, que no toca. De amor incontenido que no se de dónde lo sacan, de un furor adolescente para el que ya no tienen edad y ejecutan una performance ridícula, patética, miserable. No se, los estudiantes de la Computense (perdón! de la Complutense) deben ser así de fogosos a los cuarenta y algunos...

Cuando me levanto de la cubierta por miedo a que tanto amor me salpique el pareo, veo estrellas y una luna muy mora sobre mi y vuelvo a pensar que, a pesar de todo, les pueden dar a todos por el bum bum que yo me lo estoy pasando “padre”. El espectáculo de la vida es maravilloso, con sus pequeños defectos y sus grandes vanidades. Glorioso.

Al cabo de unos minutos, volvemos a amarrar el “love boat” en el embarcadero de la casa del tipo que custodia el barco. Recojo mis cosas, me peino un moño y me rio por dentro de la masacre que es la cabeza de Madam, de lo poco que le duraron las mechas bien colocadas y de los apuros que está pasando por poner un poco de orden en sus mechones, que rabiosos, han vuelto a su fiereza india. Pero no hemos terminado, no amigos, no. No acaba aquí la historia, esto se complica, ahora llega lo mejor. El marinero mayordomo prepara unos gin tonics de Bombay para todos y Paquito busca dvd´s y el mando a distancia. Se pelea con él, y en unos segundos, nos vemos sentados delante de la pantalla de plasma más grande que he visto en mi vida, contemplando a alguien que me recuerda a Luís Cobos tocando cancioncillas al piano, melodías facilonas, tonadillas comerciales, mientras nuestros fogosos enamorados bailan apretaditos, ella susurrándole a el al oido que ha perdido los aretes en el barco... si seguimos así, acabará convenciéndolo que también ha perdido el himen, aunque ni ella sepa donde está eso que suena a timbal. Vemos el concierto entero del músico mexicano, que se supone un superstar de las teclas y Paquito vuelve a saltar buscando el concierto de Azzurro. Cuando por fin logra encontrar el play, me sorprendo ver que ese tal Azzurro es Zuchero Fornaciari, el italiano al que le gusta hacer bailar a las morenas. El fastfordward y el rewind son un enigma para Paquito y vemos-oimos la misma canción, mientras Mr. Money enciende un puro y la universitaria se acomoda en su pecho, con el pelo alborotado, con una pinta de pendón de Ramblas, enfundada en transparencias y crochet negro. Elegancia de sex shop. Artisteo del barato. Universidades de la vida y de la calle. Paquito parece dormitar y emite unos ronquidos entrecortados, con la cabeza como colgándole del cuello...

Cuando todo parece llegar al final, se presentan los dueños de la casa. Un argentino con pinta de ser capaz de robarle el chupete a un niño de cuna y entonces empieza la verdadera pesadilla. Más gintonics en la mesa y el argento poniendo un dvd del live aids 8, con Bob Geldof versionando a Pink Floid. El ladrón de chupetes despliega todo su poderío y conecta un amplificador digno de un concierto de los Rolling. Los altavoces estallan, las membranas se rompen y la terraza se satura con un volumen que no puedo soportar. Empiezo a revolverme en el sofá, contemplando el sombrero panamá del patrocinador oficial, las piernas enroscadas de su chica, la cara de aburrida de la niña (que hace rato que hubiera deseado fundirse como un helado de nueces de macadamia) y Paquito, en pié, con los brazos extendidos, moviendo las caderas como una bailarina del Tropicana, dando gritos y animándonos a todos, como presa de un exorcismo.

El sentido común me pide alejarme de Paquito y sus movimientos, del panamá del que tiene la pasta para financiar todo este circo, de los dragones de la universitaria, de la apatía de la niña y volar hacia mi casa, para darme una ducha y pedirme una pizza, y escuchar, muy bajito a Calamaro, contándome cosas que entienda.

800 GRAMOS DE COLESTEROL, SANTA GABY DE CANCUN Y LAS DEFORMIDADES DE LOS HOMOSEXUALES

No hay duda que en Cancún, para sentarte en la mesa tienes que tener un buen estómago. Y una úlcera bien entrenada. El buen estómago te permite poder engullir un minimo de 400 gramos de carne, ración mínima de todo asador que se precie, y una úlcera adiestrada para acompañarlo con jalapeños o cualquiera de las salsitas con aspecto demoníaco que la acompañan. Sólo con estas dos condiciones, puedes sobrevivir también al vino que te sirven, que pocas veces supera el bouquet del mejor Don Simón de tetabrick. La compañía, es harina de otro costal. Nos invitan (“a escote”, que la generosidad es un bien preciado en cualquier lugar del mundo) a la Fonda Argentina, restaurante con pretensiones de las afueras, en la carretera que conduce al aeropuerto desde el centro de la city. Iluminado con miles de pequeñas bombillitas, como en una eterna Navidad y con una jardinería que parece estar bajo los cuidados de un tarzán olvidadizo y sin demasiado interés en la poda y el arreglo. Me sorprenden los manteles de plástico, sobre los que lucen unos descoloridos mantelitos individuales de papel. La carta, breve pero rotunda, ofrece carne, carne y carne. Mucha carne en raciones de 400 hasta 800 gramos. Un desafío para hambrientos, un reto para expertos en el arte de digerir colesterol. Y un solo plato de pescado: salmón a la plancha. La compañía espera en el restaurante, con sus bloody mary sobre la mesa y la sonrisa en la cara. Un empleado abre la puerta, saluda y deja que te instales, para solicitarte, solícito, que deseas del bar (sigo pensando que cualquier día pido un taburete). Tres parejas dispares bajo fluorescentes y envueltos en el frío de un aire acondicionado demasiado potente para mi gusto mediterráneo. Las mujeres en un extremo de la mesa, los señores en el otro, es el protocolo que sugiere nuestro anfitrión de esta noche. Pido una copa de cabernet que sorbo poco a poco, para que las llagas de mi estómago vayan acostumbrándose y me decido por un bifé de chorizo, que en casa llamamos entrecot y doy rienda suelta a mis artes de socialización con mis dos compañeras de mesa. Escaneo los perfiles y me hago una idea: cenaré con lo que me anunciaron como un bellezón de Guadalajara, con extensiones y vestido minifaldero (que se me antoja un putón de ramblas, más pintado que la puerta del vater de una bolera) y una cuarentona bien mantenida que luce más cruces y medallitas que un tullido en Lourdes. En el otro extremo de la mesa, los caballeros (que no se si las prefieren rubias o morenas), inician conversaciones sobre el gran momento inmobiliario que vive la zona. Al cabo de cinco minutos, pienso que me gustaría disponer de otros genitales y pasarme al bando de los machos, y hablar de pesos y doláres, de terrenos y cotizaciones, de gestión inmobiliaria y time sharing. Las damas, en el ala sur de la mesa, repartimos sonrisas, fumamos un marlboro light y arrancamos con las propiedades antioxidantes del te verde. La noche promete, y todavía no hemos pedido.

Pasados 20 minutos, ya conozco la historia más reciente de las dos mujeres, que hablan despacio, con ese deje tan mexicano, tan dulce y un poco empalagoso. El vino empieza a hacer su efecto mortífero y me presentan, sobre una tabla de madera, 800 gramos de carne que me impresionan como si viera un cadáver fresco en una morgue. Las patatas fritas, huelen a aceite viejo, casi prehistórico. Sostengo el cuchillo-machete entre los dedos y ataco el músculo animal con rabia, clavando el filo en el centro y dejando que la sangre inunde la tabla y juegue a hacer ríos de colorines con la salsa chumichurri y ese otro invento del demonio de color verde, que pica con solo mirarlo.

La de Guadalajara está separada y nos relata sus episodios de malos tratos psicológicos y nos deleita con una versión personal de “Durmiendo con su enemigo”, relamiéndose en un papel de Julia Robertes mexicana, con un lujo de detalles de terapias homeopáticas y tratamientos con sedantes y pérdida de propiedades inmobiliarias (que adivino nunca fueron suyas). Me da por echar una lagrimita, pero no es la historia lo que me conmueve, es un habanero traidor que me arranca un trozo de garganta que siento bajar por el estómago, dejando una herida incurable en el esófago. Por su parte, la de Veracruz, me relata su depresión de los cuarenta y tantos redimida en un curso de apostolado católico, al que ha asistido recientemente y que le ha abierto línea directa con Dios. Por algún motivo, me vienen a la cabeza las tarjetas prepago de Telefónica y me da por toser, pero otra vez, es esa salsa que parece estar diseñada en el mismo infierno por un chef malévolo con intenciones asesinas. Yo les cuento frivolidades sobre los fenicios y los romanos, de los que me siento descendiente, pero ellas me ignoran y se sumergen en sus propias historias y no me queda más remedio que seguir acuchillando ese trozo de carne, y tragar. Pido otra copa de vino. Al carajo con la úlcera, creo que mi integridad psicológica está en una situación más dramática que mis males estomacales. Me siento en el filo de una conversación que va llevándome por los caminos de la fe cristiana, hasta el límite de mi tolerancia. Mi resistencia me abandona y dejo que, entre habanero y ternera, las damas me lleven a su terreno de piadosas oraciones en el camino de la fe.

30 minutos más tarde, reflexiono en silencio y decido que el integrismo puede vestirse de chador, de capirote de nazareno o de túnica amarilla y cabeza rapada. La codicia espiritual humana no tiene límite, y los límites de cualquier iglesia los marcan la incultura de las mentes analfabetas. La charla femenina va complicándose y se centra en la pareja, la infidelidad y el perdón cristiano, que la cuarentona defiende como una guerrera de cristo rey y casi logra convencerme de que debe ejercerse diariamente siete veces setenta, como dice su Biblia y que es un número infinito, sostiene. Hago una multiplicación mental y resuelvo que setenta por siete son cuatrocientos noventa, y eso, no es un número infinito. Por otro lado, estoy de acuerdo en que, si debes perdonar cuatrocientas noventa veces al día, se te debe hace infinito. Vamos, que no debe quedarte tiempo ni para ducharte. La conversación se calienta de forma proporcionalmente inversa al descenso de temperatura de mi cena, ese trozo de cuerpo muerto y asado que va menguando delante de mi, sufriendo la tortura del cuchillo.

Las brasas del cristianismo se acercan a mis piés, como hogueras de inquisición y noto una quemazón en el estómago, que ya no se si es el habanero o las tonterías que escupe la apostólica. Escucho cinco minutos más y me percato que lo único importante para ellas es la infidelidad. Lo único importante en la pareja son los cuernos. Lo único válido es el pecado de la carne (y la resurrección de los pecados, supongo). Después de media hora de disertaciones sobre las relaciones matrimoniales, nadie ha mencionado el amor, el respeto, la complicidad, la construcción de la felicidad entre dos personas. El amor se limita a las infidelidades que, para sorpresa de mis oídos europeos, sólo parecen cometer los machos de la especie. Tanteo el terreno y me decido a echar más leña al fuego, y ver como arde en llamas de Pentecostés esta pira funeraria en la que queman el sentido común y miles de años de evolución y laboratorio de científico agnóstico. Por lo bajo, como sin darle importancia, como si no quisiera la cosa, como si a mi no se me hubiera perdido nada, tentando a las leyes de la decencia y a las catástrofes de la humanidad, menciono que, en mi país los homosexuales pueden casarse y adoptar hijos.

Has visto alguna vez estallar un mechero al tirarlo al fuego? Has estado alguna vez en las fallas de Valencia? Has oído el sonido atronador de una mascletá? Has vivido el infierno de un toro embolado en las fiestas de pueblo? Bien, pues es un chiste al lado de la reacción de la de Veracruz. Se le incendiaron los ojos. Se le atragantó el salmón. Palpitó su corazón por debajo de la blusa, por debajo del sostén, por debajo de la piel y por debajo de sus credos de mojigata de misa de 8. El brillo de los primeros conquistadores con excusa de colonización cristiana refulgió en el iris de sus ojos, las encíclicas vaticanas y los concilios se agolparon en su mente. Sorbió un poco de bloody mary y dijo, en un tono firme que bastante tienen ya los homosexuales con su deformidad y que no son merecedores de la bendición de los hijos.

Mi otro yo, el que se queda detrás de la piel y observa, bailó una danza hereje y se partió el culo de risa, aplaudiendo. El yo que comía carne, bebía merlot y cruzaba las piernas debajo de la mesa dijo en un tono lacónico que el amor cristiano es universal y que eso nos enseño Cristo el Hijo Verdadero de Dios Nuestro Señor de los Cielos y la Tierra, que murió en la Cruz por Todos, Nosotros, Amén.. Todo con mayúsculas y todas las pausas y los puntos y las comas que cabían en la frase. La cuarentona cambió el fuego de su mirada por hielo, la miel por hiel y sentí el puñal de su odio y supe en ese preciso momento, que jamás recibiría una llamada suya invitándome a una sesión de exorcismo apostólico en la iglesia del pueblo. Los herejes que se cocerán en las calderas de Pedro Botero no merecen, posiblemente, el perdón de Dios Todopoderoso Creador del Cielo y de la Tierra en un tiempo record de 7 días.

Quedaban los postres y el café y pagar la cuenta y despedirnos. La de Guadalajara se sacude las migas de la minifalda, recoloca sus extensiones y saca una cámara de su bolsito Fendi para inmortalizar el momento. Sonrío al objetivo porque estoy segura que, contradiciendo a las leyes dantescas del infierno y el purgatorio, ese ángel negro vestido de blanco que soy yo, saldrá en la foto, burlando la creencia de que, el demonio en la fotos no sale.

Sintiendo el aire caliente del trópico, me reconcilio con los matojos mal arreglados del parking y me siento en paz, más allá de las misas y las oraciones, y respiro bajo las estrellas la certeza de estar viva y que, si Dios existe, me estará guiñando un ojo, detrás de esa nube que amenaza tormenta. Le deseo suerte en el día del Juicio Final, porque va a necesitar tres eternidades para deshacer los líos que los hooligans de San Pedro han sembrado en los castos de corazón.

“ORGULLOSAMENTE QUINTANAROENSE” Y UNA PLAZA CON MIL PUESTOS DE FRITANGAS

Ser un descastado, tiene sus ventajas. Porque te permite cambiar tu credo y tu identidad como si cambiases de camisa. O se sombrero. Ser un descastado es básico para poder ser ahora de aquí y luego de allá. Hoy me siento integrante de la comunidad de un pueblo de pescadores a orillas del Mediterráneo y mañana soy quintaroense. En Cancún hace 30 años años no vivía ni Dios. Sólo lagartos y lagartijas, iguanas y culebras, cocodrilos de laguna y la flora salvaje que puebla la selva que va desde el mar al interior. Parafraseando a Serrat, del que oí una vez el sabio argumento heredado de su madre, uno es de donde comen sus hijos. Yo que no tengo hijos (ni perro, ni gato, ni canario, osea que al veterinario ni lo conozco), soy de donde pago mis impuestos. De donde paseo, de donde respiro, de donde hablo y desde donde de conecto a Internet. La grandeza del mundo es que es uno, por mucho que intentemos partirlo en trocitos, descuartizarlo en fronteras, desmembrarlo a base de estatuts. El cielo es solo uno y la capa de ozono (o la falta de ésta) está encima de todos. Las aguas de los mares y los océanos se juntan, al final, en estrechos de Gibraltar o Panamá. La arena del desierto se traslada con el viento y llega a playas lejanas, el frio de Siberia recorre continentes. Los anticiclones y las depresiones viajan por encima de las cordilleras y los vientos son el tren en el que viajan las gripes aviales desde cualquier punto del planeta. En cualquier lugar del globo, los ojos de los niños miran con la misma curiosidad, lloran con la misma intensidad y buscan con el mismo ahínco la teta de su madre. Blanca, amarilla o negra. Pero la teta de su madre. Los viejos se arrugan igual, se encojen de la misma forma, se pierden en la nostalgia del pasado y se preparan para morir de la misma forma. Las hormonas adolescentes buscan la piel fresca y tersa de otros adolescentes. En casi cualquier lugar de este nuestro querido mundo, la gente lleva un movil colgado del cuello o dentro del bolsillo, y espera una llamada, un sms que le haga sonreir, que le confirme una reunión, que le de una buena noticia. Los descastados somos nómadas cobardes, incapaces de levantar el puño derecho por un ideal, o el izquierdo por una idea. Nos escabullimos en la excusa de la universalidad de los valores más primitivos y no votamos ni en las municipales de nuestro pueblo natal. Nos da miedo cantar himnos frente a una bandera porque tal vez detrás de ella se escondan otros colores, y sólo vemos eso, trapos de colores que se dejan arrullar por el viento. Nos aterra fijar residencias porque la provisionalidad de nuestros campamentos nos hace ser rápidos a la hora de buscar otros pastos, otras tierras, otras gentes. Nos dan pánico los sentimientos demasiado radicales, demasiado nacionales, y optamos por una forma más liviana, más trivial, de ver nuestro paso por este mundo. Correcaminos siempre delante del Coyote de las ataduras, de los vínculos permanentes. Para volar, necesitamos no llevar demasiado equipaje en nuestro ultraligero; para navegar, evitamos las amarras que se secan alrededor de un noray y las mantenemos flexibles para lanzarlas a nuevos muelles.

En todo esto andaba pensando yo cuando aparcamos el coche en una de las calles de la supermanzana que contiene la plaza del pueblo, con su ayuntamiento, su escenario central y sus mil puestos de fritangas, salpicados con el desorden de los puestos de venta ambulante de cosas que no sirven para nada. Pulseritas de cuero y cuencos de madera, junto a camisetas y camisas con bordados, y collares de cuentas y cochitas de mar, calendarios aztecas y palitos de incienso, cinturones de macramé y diademas para el pelo. En eso andaba pensando yo cuando bajamos del coche y nos adentramos, cortando el humo espeso que desprende el aceite donde se fríen los churros, con la piel. En eso andaba pensando yo cuando penetramos en el denso olor de la multitud y sus sudores sin desodorante y se desplegó, como un abanico policromado, el mundo de un domingo por la tarde en la plaza de la fritangas.

Alrededor del payaso Chispas se ha formado un círculo humano, una anillo que lo separa unos metros de su público, y establece ahí su escenario. Entre bromas que no entiendo todavía porque son demasiado locales, gestos teatrales y globitos, hace las delicias de un público que va desde los cero a los muchos años. El clown es un mago del marketing y en el intermedio de su función reparte tarjetas con su celular y su mail, anunciándose como especialista para fiestas infantiles y de adulto, en las que propone magia chusca (ni idea de lo que es...), globoforma, malabares, concursos, sketchs, shows musicales y regalos y sorpresas. Le pido una tarjeta, porque una no sabe cuando va a necesitar a alguien que le haga reir. Su compadre pasa una peluca vuelta abajo entre el público, pidiendo unas monedas a los asistentes con los que pagar las gracias del artista.

Al otro lado de la plaza, la luz de los fluorescentes de una iglesia llega hasta media calle. El local está abarrotado y reconozco que, en estas latitudes, les es más fácil al clero buscar adeptos. La pobreza y la incultura dan sus frutos a la hora de creer en sermones y dejarse llevar por la idea de la recompensa en el más allá. Los sacrificios y las penurias en esta vida, te llevan inexorablemente hacia el camino del paraíso. A los del Islam con sus siete vírgenes, a los de Cristo con sus angelitos sin sexo. Siempre hay, después del dolor de esta vida, la tierra prometida. Así mantienen a raya las ganas de revuelta y la rebeldía, con el cantar ahogado de sus gargantas y sus citas dominicales, las santas escrituras y el boato del Vaticano.

En el centro de la plaza, y ya de vuelta, un escenario donde un presentador agarrado a un micrófono de cable corto que sólo le permite alejarse unos metros del equipo, da paso al grupo de danza ganador de las comparsas del último carnaval. El público aplaude y suena desde unos altavoces de antes de la guerra (de la de los primeros conquistadores, como mínimo) un ruido que quiere ser música caribeña. Diecisiete señoritas de piel morena y moño postizo, con braguita y sujetador de lentejuelas y miriñaque de volantes, ejecutan un baile de coreografía salsera. Las de atrás, las gorditas, se mueven con dificultad, y hasta puedo verlas resoplar por seguir a la reina del carnaval, moviendo los brazos como si cazaran moscas. Cuando la formación de chavalitas termina, se oye un aplauso y el presentador da paso a un grupo de jóvenes varones, con pantalón blanco y camisa azul brillante, que representan a otra escuela de baile y hacen sus demostraciones de habilidad al ritmo de una canción que va cortándose hasta que al final, desaparece. Los muchachos siguen su coreografía, ahora sin música y me doy cuenta que, este pueblo, lo que necesita es un buen audio para poder bailar sobre escenarios.

El ingeniero de turno repara los desperfectos y, otra vez, los chavales hacen su formación inicial, sacan pecho, encojen barriga, aprietan culo y vuelven a repetir los pasos estudiados y entrenados mil veces. Distraigo la vista del escenario, de las pailletes y del único foco central que las alumbra y doy un paseo visual por la masa humana que se congrega en la plaza, pendientes del baile. Nadie se mueve al compás de la música. Los pies descansan estáticos sobre el suelo, sin seguir el ritmo de la canción. Las manos, en los bolsillos. Ni tan sólo ese movimiento de llevar la cabeza hacia delante y hacia atrás para seguir los acordes de la melodía... En un flash, recuerdo otros caribes y el calor de las pieles moviéndose desenfrenadamente bajo el influjo de cualquier sonido. En el malecón de Cuba, los locales hacen música golpeando sus uñas contra una botella de ron, y lo bailan como si estuvieran en un concierto de los Rolling. En el Caribe más negro, los rastas mueven los piés al primer golpe de tambor, y lo gozan como si el mismo Bob Marley estuviera ahí, animándoles la noche. En México, (tal vez sólo sea en este México maya que yo estoy viviendo), no se mueven, no vibran, no reaccionan y se quedan mudos e inertes, como espectadores de piedra, como estatuas de sal. Tal vez los mayas sean los catalanes de México y prefieran mirar a bailar, y para mover el esqueleto deba acudir a los mariachis de Jalisco, y no me raje.

Cuando la quinta comparsa va a repetir lo mismo, es decir, bailar con el ruido de la música entrecortada por la mala calidad del los altavoces, sobre zapatos de plataforma y enfundados en minúsculos trajes de lentejuelas, decido hacer una visita a los puestos de fritangas y ahogarme en el tufo del humo que los envuelve. El recorrido me lleva por un camino de enormes bananas fritas de aspecto pringoso, papas fritas, churros aceitosos y tiras de plátanos muy finitas, metidas en bolsas de plástico, lista para consumir. También hay puestos de pastelitos y de tacos, de algo que no reconozco y que es una masa blanca pastosa, cubierta de algo parecido al coco rallado, que sirven en vasos de plástico. Y unas hojuelas muy crujientes que sirven de base a una ensalada de lechuga, cebolla, crema de leche y una de esas salsas picantes que resucitaría a un muerto. Y crepes con leche condensada o queso de bola, al gusto del comprador. Me inclino por las tiras de plátano y por los churros. Saben las primeras a snack de aperitivo y los segundos a vainilla y espécias y creo que, si los mojaras en chocolate, como tanto nos gusta a los españoles, se convertirían en una bomba de calorías para alimentar a todo una población. Mire a donde mire, veo gente comiendo. Sorbiendo de sus vasitos con cucharita, pringándose los dedos en el catsup que inunda las patatas fritas, relamiendo la crema de leche...

Las bombillas de colores adornan los carritos de comida, como una guirnalda de luz y los niños siguen las danzas del escenario con los ojos abiertos, igual que lo hacen los niños de Teruel en las fiestas del pueblo. Las mujeres cargan a sus bebes en la cadera, dándoles achuchones y besitos, como lo hacen las mujeres de Kenia cuando recorren los mercados en busca de provisiones. Los hombres llevan sombreros, como los machotes tejanos en los rodeos. Los viejos se sientan en los bancos y miran embelesados el paso del tiempo, como los abuelitos de las residencias geriátricas de la vieja Europa. Hay una viejita tullida a la salida de la iglesia, al otro lado de la plaza, pidiendo limosna con voz cansada y los ojos ciegos de cataratas, como los mendigos de Calcuta.

El mundo es tan pequeño y tan grande que a veces, por muchas vueltas que le des, siempre llegas al mismo punto. Al punto de partida de todo. Ser un descastado tiene sus ventajas, ya lo dije. La ventaja de creer que todo es un repetición y que, como en el Macondo de Garcia Marquez, el tiempo solo da vueltas, alrededor del mundo. Y las pequeñas historias humanas se repiten, se repiten, se repiten...

A los cancunenses de adopción, y aquí todos lo somos, porque cada uno llegó por tierra, mar o aire de una tierra más o menos lejana, nos gusta ese slogan de “orgullosamente quintanaroense”. Porque en el fondo, todos queremos sentirnos orgullosos de donde vivimos, de donde respiramos. De donde los puestos de fritangas exhalan vapores de aceite y los escenarios se llenan de pailletes. Así es hoy, mañana, estaremos en otro lugar, porque las pequeñas historias humanas, en cualquier lugar del mundo, se repiten, se repiten, se repiten...

HOLBOX, UNA ADOLESCENTE PENITENTE Y EL GORDO DEL TIKI TIKI


Las dos horas de coche que separan Cancún de Chiquilá atraviesan la selva en una carretera que a veces, pierde hasta el nombre. Dejando atrás la periferia cancunense, que va haciéndose cada vez más polvorienta e inhóspita, para adentrarse en caminos salpicados de ranchitos con nombres que evocan novelas de escritores sudamericanos : Santa Rosa, Los Querubines, Los Puercos, La Quinta, El Ranchito... Las vallas con sus carteles van describiendo una geografía de novela de Isabel Allende para desembocar en cruces con hombres parados junto a sus bicicletas, niños piojosos arrastrando hermanos pequeños, perros sacándose las pulgas y mujeres enormes, de brazos como piernas y piernas como columnas. Hay un tramo en el que las chozas de paja, cabañitas tan frágiles, son el paisaje que completan los puercos encerrados en jaulas, los tendederos de ropa blanquísima y las tiendas que venden de todo y de nada. Hay un tramo olvidado del mundo, en el que el hombre indio sigue luchando contra la mala hierba con hogueras que se le escapan de las manos y queman media selva... En ese tramo, las madres solteras no son capaces de leer desde su analfabetismo las proclamas del candidato político de turno que les promete “becas para las madres solteras”, y los campesinos, desde su incultura, no pueden leer tampoco las promesas de “cosechas a precios justos” del mismo candidato, o de cualquier otro, poco importa. Los niños siguen rascándose los piojos, como lo hicieron sus padres, como lo hicieron sus abuelos, mientras el mundo gira, a su alrededor. Y los políticos construyen slogans que no pueden leer.

Chiquilá es un pueblito breve, con cuatro casas mal paradas y su Terminal de autobuses que van a Mérida y a Valladolid. Con su embarcadero para los ferrys que conectan el continente con la isla de Holbox. Pobre de solemnidad, hoy, a las puertas de la semana santa, veo pasar junto al coche una procesión. Una adolescente carga con una cruz, arrastrándola por el asfalto, seguida de unas 50 personas que cantan algo con murmullos. Cuando se me escapa una mueca de pena y asco, pienso que hay gente que cree que a estos, a los pobres de solemnidad, Dios y toda esta pantomima no les hace ningún mal. Creo que el mal ya está hecho y que ahora consolida su pobreza, y les hace vivir en el oscuro mundo de creer que el pecado les llevará al infierno, y el sacrificio a la salvación. Y que rezándole a este Dios que ni siquiera es el suyo, que es un Dios de importación, sólo consiguen mantener a los piojos en las cabezas de sus hijos una generación más. Probablemente alguien les dirá que Internet es un invento de Satán, para mantenerlos alejados de gente como yo... Probablemente los chavales con camisetas con la imagen de la Virgen de Guadalupe y pañuelo de boy scout al cuello que los reclutan desde niños les enseñen la grandeza de morir clavado en una cruz, coronado de espinas, por viernes santo y nunca les hablen de Bill Gates, de la democracia y la igualdad entre hombres, de la sanidad pública o de la enseñanza gratuita, de su derecho y deber de elegir. La penitente suda bajo el sol, arrastra los pies y la cruz, arrastra tras ella a los fieles de Cristo. Osana, osana. Me pregunto que pecados habrá cometido la chavita para cargar, con sus apenas 16 años, con una cruz bajo el sol de la mañana.

El ferry atraviesa las aguas esmeraldas del caribe, y durante 6 millas, el ruido ensordecedor del motor y una versión del “Cruz de Navajas” compiten por el protagonismo en mis oídos. Cuando el patrón baja la velocidad del motor, saco la nariz por la ventana y huelo la isla, que de lejos se me aparece llana, como una mancha de arena sobre el mar. En el muelle, hay niños con tricitaxis esperando a los viajeros para cargarles los bultos hasta su destino final.

Cuando llegamos al Hotelito Las Tortugas, Francesca nos recibe con su sonrisa italiana, su piel suave, bronceada y tatuada, abriéndonos las puertas de su paraíso personal, a 80 doláres la noche con desayuno incluido. Esperamos más de dos horas para tener la habitación, y lo hacemos recorriendo el hotel, descubriendo las conchas que adornan el jardín y que parecen estar meticulosamente colocadas como si su lugar hubiera sido elegido con mimo, las telas multicolores que le dan color a la palapa principal y que le dan un aire como a esa Ibiza de Café del Mar, rozando con los piés la arena blanca de la playa, mojándonos con las olas tibias que mueren en la orilla y mecen las barcas de pescadores a las que parecen cantarles una nana.

Holbox es la isla de los piés descalzos que disfrutan del calor de la tierra, rozan la arena que cubre las calles, se ensucian con el polvo que levanta la brisa; isla olvidada, sin bancos, sin cajeros automáticos, con sonrisas en las caras, con pescado frito y ceviche con mucho coliantro. Sin asfalto y casas de colorines. Holbox es blanca y plana y calurosa, se pierde en el mar caribe como una montañita rodeada de azules y turquesas, escondida como un rincón para soñar y no hacer nada, para dejar de hacerlo todo. Para concentrarse en el sonido del mar y el grito de los pájaros que vuelan sobre tu cabeza, mientras la vida se detiene, el reloj se para, el tiempo se interrumpe, las sensaciones son eternas y, como dice la amiga apostólica que frecuento últimamente, se siente la mano de Dios. No se si es la mano de Dios, pero se siente el sabor a sal y la tibieza de la arena y una infinita calma. Tal vez eso sea lo que ella llama la mano de Dios....

Comemos en el Snack Freddy´s, quien ha pintado con azul debajo de su nombre “el rincón del tiki tiki”. Me encantaría saber que es el tiki tiki, suena divertido. Cuando el enorme Freddy, un hombre de 200 kilos se presenta y nos ofrece sus mejores platos, no me atrevo a hacerlo... tal vez sea mejor no saberlo y mantener la curiosidad hasta mi próxima visita. Freddy el gordo, el grande, el inmenso, nos llena la mesa de ceviche, de caracol en picadillo, de salsa de habanero y de popotos. Son los aperitivos, nos dice. Y nos recomienda su abadejo empanizado y los camarones. Ah, los camarones!!!. Reyes de la cocina de este rincón del mundo, los camarones son lo mejor que alguien puede ofrecerte. El gordo los cocina empanizados, al ajo o como ustedes gusten. El logo de una cadena hotelera adorna la chaquetilla de cheff que pasea entre las 8 mesas de su restaurante, atendiendo con una franca sonrisa a los comensales. El diploma que la cadena hotelera le dio hace unos años cuelga de una de las paredes, junto a un ventilador, un calendario y un poster de un equipo de futbol mexicano. Freddy el gordo nos informa que su cocina es una fusión entre la cocina tradicional con producto fresquísimo y la alta cocina de los hoteles de mucha categoría donde trabajó, y en los que llegó hasta segundo cheff de cocina, porque él, nos informa, es un hombre con ambición. El gordo no miente, y desde que llegué a este país, no he comido mejores camarones ni mejor pescado. Que los restaurante con estrellitas Michelin me perdonen, que la guía Campsa me absuelva, que los cheffs de nómina de miles dolares al mes sean piadosos conmigo, pero... el gordo Freddy sabe freír pescado y domina el camarón como Picasso los pinceles. Sobre un mantel sucio, con cubiertos viejos envueltos en servilletas de papel, acompañados de cerveza Sol bien fría y con la música a tope sonando desde dos enormes bafles, le doy las gracias al mar por los camarones, a la tierra por los ajos y el aceite, a Freedy por sus manos y a la cadena hotelera por los cursos de formación. Aleluya!.

La tarde cae sobre Holbox, sobre su playa, y el mar planea su suicidio sobre el horizonte, limpio de nubes. Cae lenta, inexorablemente sobre la línea perfecta que dibuja el mar en el cielo, como si detrás de ésta sólo existiera una cascada donde volcar toda el agua, donde esconder al sol por la noche. El fuego cruza vertical hasta empezar a lamer el mar. Se va escondiendo con elegancia, sumergiéndose en el horizonte, iluminando el infinito de un rojo intenso. Se va muriendo, poco a poco, dejándonos contemplar el funeral maravilloso de su ocaso diario. Sobre la arena de la playa, con los piés enterrados entre granitos y conchitas, con las manos entrelazadas, con el corazón apretado y los ojos envueltos en lágrimas, presencio una vez más la teatralidad del espectáculo más maravilloso de la naturaleza. La muerte del día, el fin de las horas de luz, el ocaso del calor, el deceso que nos garantiza el nacimiento de un nuevo día...

Cuando al día siguiente regreso al continente, al bullicio del tráfico de Cancún, a las tiendas fashion de La Isla, a los restaurantes más in de esta urbe turística, desde el ferry cierro los ojos e intento sentir el viento en la cara. Intento concentrarme en la sensación de alejarme de la isla llevándome el olor y el sabor y la sonrisa del gordo en la mente, para que, cuando vuelva, todo me sea conocido. Para que cuando vuelva, Holbox sea una vieja conocida en la que detener el tiempo, parar mi reloj y hacer nada, que aunque parezca contradictorio, es hacer mucho.

EL MERCADO 23 Y EL SITIO DE NUMANCIA


Al final de la Avenida Tulum, se abre un mundo maravilloso de olores y colores. En unas pocas calles que se retuercen sobre si mismas, desordenadas, sucias y con el alboroto de los mercados locales, los de aquí, los menos favorecidos, los que no van de shopping a La Isla o la Luxury Avenue, los que no cenan en Lorenzillos o en Rolandis, los que no bailan a ritmo del dj en el Coco Bongo o en el The City, deambulan comprando sus verduras, sus legumbres, sus especias, el queso, el pollo y el arroz, sus cacharros de cocina, sus vestidos y accesorios para el pelo.

En una esquina, un charlatán ha instalado su mesa plegable y su silla, bajo una sombrilla, y micrófono en mano invita a descubrir sus polvos mágicos que sanan y limpian el cuerpo y lo mantienen alejado de las enfermedades, prometiendo una larga y feliz vida a quien los toma. Habla de la hipocresía, que dice detestar, de aquellos que en el día de los muertos visitan cementerios y arreglan con flores frescas las tumbas de sus papas y sus familiares queridos y beben tequila sobre ellas y comen de sus tupperwares. Y dice el hombre con voz afectada que aquellos hipócritas no dieron una buena vida a sus muertos, no les ayudaron a vivir más, a vivir mejor, a curar sus enfermedades...Me siento encima del capó del coche más cercano y me esmero por entender las palabras que va hilando, delante de unas 15 mujeres, que atienden a sus explicaciones alrededor de la parafernalia de hierbas, vasos de plástico, limones y los botes de su producto que ha colocado sobre la mesa. Les cuenta que, el mal aliento no lo causa la higiene bucal, que por mucho que te cepilles los dientes, éste viene de más adentro, concluye, del hígado. Sus polvos blancos encerrados en botes de plástico, no sólo te alivian la halitosis, también previenen el cáncer, la lepra, la diabetes y el sida. Así lo asegura el hombre, sentado en su silla y micro en mano. Su asistente, coloca de tres en tres las pociones mágicas en bolsitas, y repite incansable la oferta: uno por 50 pesos, dos por 100 pesos y el tercero de regalo. Me parece un chollo, el chollo del siglo vamos, curar cáncer, lepra, diabetes y sida por 100 pesos. Si Madam Curie o cualquiera de sus colegas investigadores de cualquier siglo, levantara la cabeza compraría un camión entero. Si el equipo médico de cualquier hospital de Huston supiera de este gran invento, deberían empezar a clausurar sus habitaciones de 6 mil doláres la noche, montar una compañía farmacéutica y comercializar el invento bajo el nombre de OncologicalMiraclePowder, y venderlo por teletienda en la tele... Los médicos se empeñan en recetar miles de fármacos de distinta formulación, teniendo un remedio tan eficaz para casi todo. O para todo, como insiste el vendedor, sudando la gota gorda bajo la sombrilla. Una mujer le pregunta si las jóvenes lactantes pueden tomarlo, y él busca en su cerebro durante varios minutos una respuesta apropiada, mientras de su boca va saliendo la cantinela aprendida y tantas veces repetida en mercados de mil pueblos. Otra mujer pregunta cuanto tiempo debe tomar el tratamiento, y él, con autoridad médica y una dosis de certeza apabullante, le contesta que, para la diabetes son dos meses con dos tomas al día, y para enfermedades mas graves son tres meses y tres tomas al día. Puntualiza que los niños menores de 10 años no deben tomarla más de una vez al día, ya que lleva muchas vitaminas. Yo pensaba que el exceso de vitaminas no era dañino... Me sorprende ver que sólo hay mujeres rodeándolo y que algunas de ellas compran su pócima. Levanto el culo del capó ardiente y con una sonrisa me alejo de este académico de la charlatanería, de sus milagros para la salud y de su filosofía acerca de la hipocresía de cementerio.

Hay una calle entera cubierta de sacos de legumbres y espécias. Y muchos chiles: poblano, cuaresmeño, serrano, guajillo, de árbol, mulato, habanero... Secos y arrugados, o lisos y brillantes, con una variedad de tonos que va desde el negro ciruela hasta el amarillo canario. Los hay grandes como hojas de parra y pequeñitos como uñas. Apretados, dentro de los sacos esperan a que las amas de casa los saquen de su anonimato para protagonizar sofritos y salsas, para darle sabor a la carne y al pollo, al arroz y a las verduras. Adivinar el grado de picante de cada uno de ellos me parece digno de la mejor pitonisa y opto por aquellos que son más bonitos, un criterio estético y estúpido a falta de otro, para llenar bolsitas de plástico que el vendedor pesa en una balanza antigua. Los granos, así es como en México llaman a las legumbres, comparten esquinas con los chiles. Lentejas, granos de maiz, habas, soja. Mucha soja. La proteína más barata que el hombre ha descubierto, y probablemente la que mejor hay que disfrazar para competir en sabor con un buen filete.

Los puestos de verdura y fruta exhiben un arcoiris que comprende todos los matices. Los vendedores me informan del nombre de aquellos que no he visto en mi vida y que al cabo de cinco minutos, me suenan a palabras tipo: guacho, guarachavo, guarachina... entran por mis orejas vestidos de acento maya y se instalan en mi cabeza tan sólo un segundo. Mi memoria es incapaz de retenerlos. Me prometo a mi misma tantas visitas al mercado 23 como veces necesite oír los nombres de esos tubérculos marrones, verdes, rojizos, anaranjados, con estrías o cascarón, de pieles rugosas o suaves, con manchitas o sin ellas... hasta acordarme de ellos. Cuando pregunto por tercera vez el nombre de la misma fruta, los muchachos me miran escondiendo la risa tras la sonrisa y yo me hago la tonta, levanto los hombros y les digo que soy de Barcelona, como si eso fuera la mejor excusa para desconocer lo que para ellos es tan conocido como la tortilla de patatas y el pa amb tomaca para mi.... Les devuelvo una sonrisa cómplice y les guiño un ojo, asegurándoles que otro día les compro.

Los vestidos tradicionales mayas para mujer cuelgan de los tubos de metal que hacen la veces de soporte de los rudimentarios toldos que los resguardan del sol imponente. Blancos como alas de gaviota, como cascos de velero; planchados meticulosamente y adornados con bordados de colores en el pecho y el bajo. Enormes flores rojas sobre hojas verdes, con pistilos amarillos y azules, enmarcadas en lianas rosas que se enroscan en florecitas negras... El corte es sencillo, una túnica con un recatado escote cuadrado y una bajo-falda con puntilla, como un viso de los de la abuela. Sólo las viejitas usan esos vestidos tan bonitos, y se recogen el pelo en un moño tirante y usan polvos de talco para el sudor. Las jóvenes suspiran por unos Replay Jeans y por tener el pelo alaciado y por ceñirse camisetas con nombres en inglés bordados en hilos de purpurina y se compran en el Liverpool frascos de colonia cara para disimular el olor de las axilas.

A la vuelta de la esquina, tres tiendas de trajes para novia. Los hay de todos los colores, predominando el blanco inmaculado tipo princesa de cuento de hadas, con bordados de pedrería y velo con puntillas. Azules de dama de época con una larga cola de satén, rojos con corpiño de vampiresa y lazos en el escote, rosas con mil tules como pétalos de flor... cualquier niña europea pensaría que está frente a una tienda de vestidos para su barbie, con tallas gigantes. Coronas de fantasía con miles de piedrecitas brillantes adornan las pelucas de los maniquís. Tiaras y diademas para barbies de barrio de pueblo mexicano que brillarán por un día, probablemente el único día de sus vidas en el que ni estarán embarazadas, ni trabajarán, ni limpiarán, ni atenderán sus quehaceres con resignación cristiana.

El mercado 23 se fríe bajo el sol del mediodía. Cada día del año. Vendiendo flor de jamaica para hacer agua fresca que quita la sed, el catarro y el estreñimiento o ingredientes para los platillos locales; con charlatanes que trafican con polvos de bicarbonato para curar las venéreas; con escaparates de ropa de muñeca para hacer soñar a las adolescentes la pesadilla del matrimonio.... El mercado 23 se asa sobre el asfalto cada mañana. Cada semana del mes. Vendiendo soja barata que alimenta como la carne de res que sólo comen los que pueden pagarla en Puerto Madero o frijoles para acompañar los guisos; con hombres que ponen en las balanzas el peso justo de ajonjolí que vale una moneda de 10 pesos; con vestiditos mayas blancos como palomas, colgados como ahorcados de perchas de metal, testigos de una cultura que el yanki americano con dólares en el bolsillo o el europeo del euro, está asfixiando entre los muros altos de sus apartamentos de alto standing y sus shopping malls.

Subo al coche y me despido del mercado, pienso que la vida para muchos es eso, un mercado: con su engaño de vendedor ambulante, sus remedios caseros, sus nombres impronunciables de mil Babilonias y un olor a hombres y mujeres que buscamos, aunque sea en la bisutería barata de una pulsera, la ilusión de la felicidad. Mientras las paredes de los pisos de lujo acechan a los puestos de chiles y legumbres, como en el episodio de la ciudad sitiada de Numancia, hasta que el de la balanza se rinda y venda por un puñado de monedas extranjeras su tiendita para construir un horrible centro comercial donde los códigos de barra sean la única comunicación entre los dependientes y yo. Y los vestiditos mayas se transformen en ropa del Zara o del Mango, para globalizarnos todos un poco más. Hasta entonces nos quedarán mil mercados 23 donde soñar.

UN PASEO POR ISLA MUJERES, PUERTO MADERO Y GOGOS MOVIENDO EL CULO

Volamos en un ferry rápido que cruza en quince minutos las aguas de mil azules que separan el continente de la isla, sobre unas olas bravas y sintiendo un viento constante en la cara. Viajamos rodeados de familias locales que desean pasar su día festivo en las playas privilegiadas de Isla Mujeres, que es un desorden caribeño de primer nivel. Calles inundadas de arena blanca que parece querer escapar del mar para besar el asfalto. Muros de colores despintados, desteñidos unos y vueltos a pintar los otros de rosa, amarillo, azul cielo y turquesa. Circulan carritos de golf y scooters que te ofrecen cada diez metros personajes uniformados con camisetas con logo de compañias de “rent a algo”. Hay “diving experiences” y comida local anunciada en carteles de madera pintados a mano cada diez metros. Hay blusas con bordados multicolores y souvenirs en las tiendas y guiris tatuados que recorren las calles con mochilla a la espalda, cada diez metros. Varios carteles me avisan sobre el cólera y su forma de contagio, a la vez que me dan la bienvenida (extraña forma de hospitalidad, aunque el que avisa, ya se sabe, no es traidor) ...

Una llamada nos cita en uno de los restaurantes obligados de Cancún. Puerto Madero es un argentino grande, refrigerado y con vistas a la laguna. Los camareros, un ejército de soldaditos con delantal francés blanco y raya lateral en amarillo y rubí, impecablemente afeitados y engominados, preparan los platos junto a la mesa, en un derroche de estilo de hostelería suiza de otros tiempos, sobre bandejas que depositan en soportes desplegables. Puerto Madero tiene zona de fumadores, de no fumadores y terraza con sofás y cojines blancos. Alrededor de las mesas de madera, con sus mantelitos a juego con el uniforme de los serviciales mexicanos que atienden a la clientela selecta de la alta sociedad cancunense, bullen conversaciones que elogian la excelente carne que se asa, las ensaladas que se preparan y los vinos (argentinos, chilenos, californianos y de alguna otra DO que no recuerdo). La fauna que visita el lugar se compone de ejecutivos con camisa suelta y bulgari en la muñeca (parece que bulgari se está ganando la confianza de los adinerados destronando al rolex de toda la vida), extranjeros residentes con cara de gamba a la plancha (por la rojez de la mejillas que asan al sol tropical) y hermanas de Michael Jackson (porque su nariz es igual, y deduzco que, o bien sostienen parentesco con el negro-blanco o bien se operan las fosas nasales bajo los mismos focos de quirófano que el blanco-negro, uno ya no sabe de que color es el tipo con tanta decoloración...). Todos llevan amarrados al cuello, como esclavos penitentes de una Semana Santa sevillana, cadenas de oro que emiten destellos como si fueran faros en la noche. Puerto Madero tiene una carta de aperitivos y entrantes y algo de pescado, mucha carne y ensaladas y al llegar, el camarero te solicita si deseas algo del bar (me dan ganas de pedir un taburete). Pero antes, te aparta la silla, te la empotra en el culo y sacude la servilleta a tu izquierda para colocártela sobre las rodillas. El servicio es un must en Puerto Madero y el “jefe” de todo este tinglado pasea nervioso entre las mesas, haciendo reverencias a los clientes, acomodando a las damas más distinguidas y supervisando, por encima de las cabezas, el baile de sus empleados. Se come desde... la 1? hasta las... 12? ininterrumpidamente. Si la sobremesa se alarga, porque se habla de huracanes y negocios, pierdes la noción del tiempo y no sabes si almuerzas, meriendas o cenas. Comes, bebes, fumas, ríes y pides más de todo a cualquier camarero que pasa por tu lado. Porque nadie tiene un rango asignado y parece una danza de delantales blancos y cabezas engominadas, sosteniendo bandejas y desplegando mesitas auxiliares. Llegas con el sol inundando el restaurante y sientes como va retirándose y como se instala una penumbra de atardecer, para dar paso a la oscuridad nocturna de las 6 de la tarde. Cuando traen la cuenta, afortunadamente la dejan al otro lado de la mesa, alejada de mi precaria economía. Una propina generosa nos garantiza la sonrisa y atenciones especiales para la próxima visita. A la salida, encontramos el coche dispuesto, con el motor en marcha, y un empleado uniformado me abre la puerta haciendóme una reverencia.

Unos minutos más tarde, aparcamos el coche cerquita del centro del meollo, en un Cancún derribado por huracanes despiadados que arrancaron los carteles luminosos de las fachadas, como la mala conciencia arranca las buenas intenciones. Un par de calles concentran un tumulto de gente uniformados con bermudas, camisetas chillonas y enormes deportivas de Frankestein urbano. La clientela, antagónica a la de Puerto Madero, hace cola frente al Daddy O, al Hooters o al Coco Bongo para seguir llenando sus vasos con licencia de “all inclusive” que les garantizan las pulseras fluorescentes que llevan amarradas a la muñeca, argollas de esclavo de borrachera. La música es antigua y atronadora, saliendo de unos bafles enormes, colgados como arañas del techo, bombardeando los oídos y emborrachando los sentidos, ya tontos de tanto tequila barato y sol. Sol que se refleja en las caras rojas y con ampollas incipientes de los “holiday breakes” adolescentes, y alguno no tanto, que se han martirizado el cráneo con trencitas hechas a mano con paciencia y dedicación que ofrecen las indias en sus puestos callejeros (una silla, un catálogo barato de fotos y muchas, muchas gomitas de colores). Veo a un tipo joven, con ojos rasgados, que lleva unas mil coletitas cogidas con gomitas amarillas, tirándole el pelo hacia todas direcciones. Los ojos rasgados no se si son de nacimiento o la consecuencia de la tirantez del peinado, que debe tirarle hasta del ombligo o más abajo. Las trencitas deben estar sacándole los sesos p´afuera, estirando con rabia sus nueronas... Te asaltan, cada 3 pasos, “tiqueteros” que te ofrecen la pulserita para que te emborraches de tequila y juerga en la ruta alcohólica de esta versión de Cancún que se parece al más triste Lloret de Mar – culo de Europa que tan buenos momentos le ha dado a la historia de los hooligans europeos, rompedores de cabinas publicas y protagonistas del vandalismo callejero que pagamos los que cotizamos en nuestro querido país de los mi estatus y treguas. Pero si eres hábil, los esquivas con una cierta elegancia (la que te permiten los agujeros en el pavimento que atestiguan la añoranza de los adoquines que volaron de la mano de Wilma), y sigues ese camino, que es cruzada por el ruidoso ocio de los turistas de camiseta. Hay un olor a Coppertone suspendido en el aire que lo impregna todo y que se mezca con el de los rellenos de fajitas y burritos que emanan los restaurantes de terraza abierta a la calle. La zona está llena de pancartas que anuncian “we are open”, como una puta de equina de barrio chino, esperando clientes, disputándose el contenido de las carteras, los dolares vacacionales. Son dos calles bulliciosas, custodiadas por los gorilas enormes que franquean las puertas de las discotecas y bares de copas y controladas por los polis con pistola que se apuestan en las aceras contrarias, atentos a cualquier movimiento que anuncie una pelea, custodios del orden dentro del desorden. Las niñas de Minesotta, o de Michigan, o de Ohio buscan con los ojos a los niños de cualquier otro estado americano para establecer contacto y realizar los coitos de vacaciones al final de la noche, que harían en cualquier bar de su pueblo, ahorrándose el billete low cost que les trajo a Mexico lindo y querido. Eso si, faltaría el olor a bronceados “deep tan” y ese calorcito que parece como que invita más a la lujuria.

Cuando regresamos a La Isla, la encontramos en penumbras, adornada por la luz las farolas que acompañan las calles serpenteantes, que anuncian mansiones y lujos de rico con muchos millones (de dólares, no te equivoques) en cuentas en Miami. Las piscinas reposan mansas bajo la luna y la laguna ruge, al fondo, desquitándose de un día de viento, volviendo las aguas a su manso temblor natural. Quedan pocas horas para amanecer y los mosquitos hacen guardia, pegados a las mosquiteras, buscando sangre fresca con la que alimentarse. Hoy no caeré en su trampa y no les dejaré que me martiricen con sus picotazos a traición. La Isla duerme y solo se oye, a lo lejos, ruido de fiesta y risas... Tal vez los cocodrilos de la laguna estén de parranda... los seis mil cocodrilos que hacen del fondo de esta aguas su mundo, tal vez estén de verbena... no se, no se... pero eso, las verbenas de cocodrilos, te lo cuento otro día.

PRIMERAS LUCES Y UN TIPO QUE TOCA EL SAXOFON

Amanece muy pronto. El sol se desparrama sobre el césped del jardín, encuentra espejos en la piscina y se cuela, entre la mosquitera y los cristales de la habitación; como un eco rebota por las paredes blancas de la casa y se posa sobre la sábana, calentandola, sacándote de ella con una tibieza tropical. Al fondo de la laguna, el Riu rompe el horizonte con su impresionante bloque de cemento y ventanas a prueba de huracanes y sus torres, y su logo, como una manchita centrada en el edificio inmaculado. La laguna se riza con olas cortas, borreguitos sobre agua dulce que cabalgan recorriéndola. Cuando despierto miro al exterior, las palmeras se recortan sobre un cielo inmenso y las nubes atraviesan con rapidez el infinito azul en la misma dirección que las olas, bailando la música del viento. A media mañana, un sol altivo cae como el plomo sobre el mundo de La Isla y las damas ricachonas se esconden de sus rayos para proteger la blancura de su piel y no queda nadie más que los europeos y americanos ávidos de bronceado junto a las piscinas. La Isla es redonda como un pan, como una torta. La Isla es pija como una receta del Bulli. La Isla es excesiva en sus casas de arquitectos de diseño, en sus Porches y Ferraris enfundados. La Isla es un mundo donde las mayas cruzan calles con paraguas para resguardarse de la violencia de este sol caribeño y las señoras conducen descapotables y hablan por celulares comprados en Miami. La Isla se comunica por canales en los que las lanchas rápidas y las motos de agua descansan, en los embarcaderos privados, esperando a que el domingo, las saquen a pasear.

Cada mañana un hombrecito pequeño, de piernas cortas y pelo tieso saca muestras de la piscina y echa cloro. Otro hombrecito suda la camiseta empujando su cortacésped esquivando los surtidores del riego. A partir de las 6, la avenida principal de La Isla se llena de obreros con mochila a la espalda que trabajan por 3 dolares a la hora, haciendo equilibrios sobre los tejados. Y se mezclan con cientos de mujeres que se dirigen, sumisas, a servir a sus patronas. A preparar el desayuno de los cachorros de los que hoy dirigen la economía de la zona. La sociedad, la alta sociedad cancunense vive en La Isla, y la convierte en una burbuja del bienestar, del confort, del lujo y del capricho del money. Sopla siempre una brisa fuerte que no se lleva el tufo a dinero, a poder, a fortuna rápida. No se lleva la brisa el olor del mal gusto del que se cree mejor porque tiene más. No se lleva la brisa el aroma de colonia cara con la que perfuman su superioridad.

En el centro comercial de La Isla, las tiendas de marca ya han abierto. Durante la última semana, han construido, abrillantado y pulido los mármoles del suelo, el inox de las paredes. Han instalado los halógenos y han atornillado las estanterías de madera y cristal sobre las que colocan la gama de vestidos, faldas, polos, camisetas, relojes, pulseras y collares, cosméticos y perfumes... desembarcados desde algún centro logístico para su consumo masivo. Abren sus puertas, con sus catálogos de moda de verano, de lino y algodón. Puedes comprarte un reloj de diez mil euros y pagarle a tu asistenta 4 doláres por una hora de limpieza. Puedes aparcar tu Cayanne en la puerta y pagarle a tu asistenta 4 doláres la hora. Puedes vivir la fantasía del lujo y el glamour, mientras tu asistenta viaja en un autobús atiborrado, sin aire acondicionado, sudando como un pollo.

El sábado visito Playa del Carmen, que es una calle llena de restaurantes de esmerada tematización y tiendas de souvenirs, de mariachis en la calle y turistas en chancletas. Quedamos para tomar unas margaritas y cenar con alguien. Pagamos las margaritas a un precio como si hubieran diluido perlitas de oro en el vaso. Y pasamos por la casa de otro alguien a tomar champagne francés, a regodearnos de nuestra posición y, en mi caso, a aprender a odiar un poco más a los que miran con desprecio y por encima de su hombro de hombre blanco a todo aquel que mide menos centímetros y luce una piel más oscura, y no lleva un rolex/bulgari/cartier en la muñeca.

El personaje nos recibe con una camisa hortera, “las que estan de moda en Miami”, dice con una sorna estúpida que me parece fuera de lugar, pantalón blanco de terrateniente y zapatos sin calcetín, como puso de moda Julio Iglesias en los 80. Ha enfriado un par de botellas Veuve Cliquot rosé y sirve el espumoso con una ceremonia que me parece digna de un traficante colombiano. La casa está llena de fotos del rey de España (que republicana me siento ...) y de Aznar, en sus buenos momentos de presidente y bigote orgulloso. El tipo exhibe su talante de vividor y su falso buen gusto, que se basa en el desprecio absoluto por todo lo que huele a obrero, a mestizo, a auténtico.... El tipo se disfraza de prepotente y llama esbirros a sus colaboradores. El tipo hunde su enorme culo y su grasienta barriga en un sofá que paga alguna compañía española y se relame con sus logros de robos de bobo. Siento asco y una cierta pena y pienso en Sonora, ese mercado de Mexico DF en el que dicen que los olores son tan penetrantes que marean y dónde puedes encontrar cualquier remedio para cualquier mal entre las hierbas mágicas de las indias. Pienso en ese gordo descarado moviendo su feo culo por los puestos de fritangas y me olvido al momento, porque ese individuo nunca paseara su panza por los mercados donde la vida late con un pulso que solo sienten aquellos que no beben champagne francés.

El tipo nos cuenta que ahora su pasión es bufar boquillas de 400 dolares en su saxofón de 6000 dolares. Y nos invita-obliga a oir-aplaudir un par de temas que ejecuta con una cierta gracia, mientras se retuerce y pone los ojos en blanco. Pienso en los negros de Nueva Orleáns y en el blues y no encuentro ninguna relación entre el origen de todo y el punto final al que ha llegado todo, en esta casa con segurata uniformado a la puerta, piscina y salón con fotos dedicadas de peperos retirados.

Cuando su señora se emborracha de tequila en el restaurante y levanta la voz para decir sandeces, vuelvo a pensar en mercados lejanos y en colores y olores y me decido a racionar estas dosis de estupidez. A dios pongo por testigo....que intentaré no caer en la trampa. Cuando su señora casi grita y dice mayores tonterías, a los dioses aztecas pongo por testigo que evitaré las malas compañías que le dan mala vida a mis principios y me dedico a sonreir al camarero más de lo necesario, a agradecerle la cocción de la carne y la atención de abrirme la puerta del baño, con toda mi sinceridad. Cuando su señora, un par de horas más tarde, fuma como un marinero en un taberna de puerto y sorbe su güisqui de importación tambaleándose, le doy gracias a los dioses del olimpo mediterráneo en el que nací por seguir cuerda, serena y mantener la calma. Y cuando visito el baño, me miro en el espejo y deseo salir de ahí.

Salir de ahí y volver a mi isla, que no es La Isla, que es la península que rodean otros mares, donde huele a amor y a dignidad, donde cruzan mis deseos el cielo infinito de unos ojos y donde el calor sobre mi piel me despierta por las mañanas, sacándome del sueño como un remolcador de vida, para llevarme por mercadillos de olores y sabores a sentir el orgullo de no tener un duro, de no oler a Chanel, de no vestir de Prada, y de mirar, con toda la decencia de mis orígenes, al mundo desde mis ojos sin maquillar.


El domingo, día de reposo y descanso, la Familia Cigala, mis vecinos al otro lado del canal, ordena a su ejército de empleados preparar su lanchita para lucirla por la laguna, almorzar en algún restaurante exclusivo y disfrutar del sol y la brisa cancunera. Desde el viernes llevo viéndolos prepararse, con un trajín de sirvientas sacándole brillo al poliéster blanco, a los asientos de cuero, al volante enfundado. Tres días poniendo a punto el paseo del domingo, que debe ser impecable, con su neverita cargada de Diet Cokes y emparedados. Tres días de ir i venir desde la terraza al pantalán, pisando esos cinco metros que separan la tierra del agua, yendo y viniendo con trapos y fregoteos, incansables, las mucamas. Y cuando llega el momento, el marinerito mex, suelta cabos una vez la famili está a salvo en la barquita, seguros, estirados con sus bañadores Guru, preparados para cruzar la laguna. Cuando regresan, horas más tarde, ni la basura sacan, oye, que debe ser de mal gusto y de plebeyo eso de llevar las latitas de refresco hasta el cubo de desperdicios que es territorio exclusivo del servicio.

El martes es festivo (San Benito Juárez?) y los mexicanos han aprendido que los puentes, además de ser obras de ingenieros de puentes y caminos, son también acueductos de largas horas de fiesta y ocio. El lunes, La Isla se llena de los cachorros del Colegio Inglés, que toman la piscina para cachorrear a sus anchas, bajo el sol de la tarde, ese que calienta pero no abrasa. Con sus peinados a lo Brad Pitt, sus camisetas de Versace y sus collares étnicos al cuello, sumergen medio cuerpo en la piscina (el otro medio, esculpido en gimnasios de lujo, previo pago de papá al personal trainer, asoma desafiante). Montan su fiesta particular, borrachos de cloro y de coca cola, de timbrazos de celulares y de hormonas adolescentes. Cae la tarde sobre todos nosotros, y se envuelven en toallas mullidas y hacen de las gafas de sol de diseño diademas para el pelo, mientras comparten una bolsa de patatas fritas, las Pringles del ocio. No hay mucha diferencia entre ellos y los que ahora (hace 7 horas) han hecho la misma performance, el mismo ritual, en cualquier piscina de Pedralbes o de La Moraleja. En el fondo, en lo hondo, al final y al principio, el olor del dinero huele igual en cualquier latitud. El sol, es el mismo para todos. Para los ricos y para los pobres. Y el cloro de las piscinas tienen el mismo sabor a cloro.

Es la una de la madrugada en España, las 6 de la tarde en Cancún. Dos niñas escupen pompas de jabón desde el balcón de su casita. Las nubes corren rápido, a la carrera, por el cielo tropical, teñidas de naranja y añil, llevándose con ellas lo que queda de día, los últimos rayitos de sol. Las luces del jardín se encienden por arte de magia potagia y las palmeras siguen bailando al son de la brisa que no para. Al fondo de la laguna, el Hotel Riu Palace inaugura la noche con los destellos eléctricos mil bombillas blancas que enmarcan el edificio. La palapa de la piscina se queda desierta y desordenada (ya vendrá mañana el chaval de las piernas cortas a poner en orden el desorden de los chavales). Las antenas de la tv por satélite empiezan a vibrar, a orientarse en busca de Disney, del Discovery o del Hollywood Chanel.

Seguro que hay mil gordos que tocan el saxo en mil lugares del mundo y fanfarronean de sus robos bobos. Yo me quedo sentadita, gozando de la nubes que pasan y de la humedad de la noche, que empieza a calar en la piel. Cuando siento el pinchazo del primer mordisco a traición de un mosquito, cierro el ordenador. No sin antes guardar el documento.