
Nos esperan en el barco. El marinero patrón al timón y copas de cava en las manos. Al pisar el espejo de popa, me doy cuenta de que la motora podría llamarse “bienvenidos a frikilandia mex”. Un cincuentón pequeñajo de ojos muy azules metido a presion en unas bermudas rojas se avalanza sobre nosotros y nos dice “soy Paquito, soy Paquito”. Vale, eres Paquito. Qué tal. Sentadas en la bañera, como dos efigies faraónicas veo a una mexicana (de las modelo putón de Guadalajara) y la que parece ser su hija. La top model se nos ha puesto un bikini de licra negro, apretado, tan apretado que creo que le deben doler las costillas y el cuello, con bordados de lentejuelas: un dragón oriental por teta, sacando fuego por el pezón, osea, por la boca. El mejor complemento que ha encontrado en su fondo de armario es un pareo negro transparente que lleva anudado a la cintura. Me recuerda a los catálogos de ropa interior de los sex shops. Sumamente elegante. Paquito da saltos por el barco como un chimpancé nervioso y las “chavas” sujetas las copas de champagne con el meñique al aire, escondiendo las cejas tatuadas detrás de unas enormes gafas de sol Chanel, también negras. Mamá lleva los labios tan perfilados que parece Charlie Rivel, después de una mala noche. Nuestro anfintrión ha preferido a Gianni (Versace) para protegerse del sol tropical. Termina el elenco de la pantomima del día un par de jovenzuelos enamorados, hispánica ella y mexicano él. Es sin duda, el primer braguetazo que se me presenta. Huele. Apesta, a bragueta buscando dólares. El chaval es mono, todo lo mono que puede ser un mex maya, pequeñito y con ese cráneo que parece que les han dado un golpe en la frente. Con su Lacoste blanco y su gorra golfera Callaghway. La niña viste (o desviste) bikini rosa y bolso Loewe. Yo sigo con mi tradición de Zara, Zara y más Zara. De arriba abajo. Zarpamos.
El segundo marinero, que hace las veces de mayordomo náutico ofrece cerveza o champagne. Me inclino por el champagne. Preveo que el día sera largo y nada mejor que celebrarlo con la viuda de Cliqot y sus burbujitas doradas. Navegamos por las aguas calmadas de la laguna, dejando a babor la selva. La música, a tope, llama la atención de los que andan paseando por la orilla, los que están instalados en los banquitos y los que ya colgaron su hamaca de las pérgolas que adornan el camino que bordea la laguna, a esa altura de Cancún. Madame Dragon desfila hacia cubierta e instala su culo moldeado a base de ejercicios de pilates sobre la colchoneta rayada. Mademoiselle la sigue, aprendiendo de mamá. Nuestro anfitrión se disculpa, debe atender a sus invitadas y a mi me parece bien quedarme un ratito disfrutando del ruido del motor, de la estela que dejamos atrás y de una tonta conversación con Mr. Bragueta. El marinero mayordomo sirve unas Coronas con tajo de limon y chupito de tequila fresco a los de cubierta. Paquito se ha apoderado de la proa y le veo sentado, con su pequeño cuerpecillo emulando a Leo Di Caprio, al ritmo de Barry White.
Llegamos al puente que separa la laguna del mar, donde los turistas pagan por que les lleven en carabela y les den langosta viva, en noches de farolitos y rancheras. Nos adentramos en el mar y se abre delante de nosotros un maravilloso espectáculo. El azul flurescente del mar, inunda el mundo y lo llena todo de luz. Madam Dragon se recoloca el pelo (le habra costado sus buenos tirones y horas de secador conseguir ese alisado nipón que luce), las gafas, y deja que los dragones se muevan al ritmo de sus pezones. Bebe tequila y cerveza y los lagartos piden guerra. De momento, lo unico que consiguen son una olivitas, unas chips y unas cortezas. Y más tequila. Eso, que no falte.
Tres cervezas con sus correspondientes tequilas más tarde, nos llevan hasta el embarcadero de Isla Mujeres que dispone el restaurante en el que comeremos. Los marineros enfundados en sus camisetas a juego, lanzan amarras y paran el motor, reorganizan el desastre tequilero y nos miran alejarnos, moviendo culos en bikinis y bañatas hacia una playa blanca, virgen, inmaculada. En la orilla, rozando el mar, bajo una palmera idílica, una mesa redonda, con su mantel blanco hasta la arena nos espera. Pero antes...unos margaritas!. El restaurante ofrece piscina y jacuzzis a los privilegiados que podemos llegar por mar a este pedazo de paraíso.
Madam Dragon no se relaja, le preocupa el pelo (creo que si se lo moja, se le erizara cual Espinete, y perderá ese toque de glamour que tanto le ha costado) y sumerge sus dragones teteros en las aguas tibias, agarrándole fuerte a la cintura de su sponsor del día, nuestro anfitrión. Le dedica mimos y cariñitos, y le cuenta bajito, aunque yo puedo oirla que es dentista por la Complutense de Madrid. Acerco la oreja para verificar que no ha dicho algo diferente, que suene a “con puta” y “Madrid”. La imaginación no tiene límites a la hora de hacer de uno mismo una caricatura para venderla en el mercado de las vanidades. La creatividad no tiene fronteras cuando se trata de añadirle fantasía a un currículo que adivino sera más de “puta” que de “compluta”. Y más de Tijuana, que de Madrid. Al Gianni de turno, parece no importarle, y sigue

compitiendo en achuchones con los tirantes del bikini, que ahora ya marcan una línea roja alrededor de las dorsales, como un herpes. Los dragones sacan la cabeza para respirar de cuando en cuando y el pelo empieza a descontrolarse. Los mil pesos gastados en un brushing esmerado se están yendo por el sumidero de la piscina, como las bacterias que se comerá la depuradora. En el otro extremo de la piscina, Mr. Bragueta sigue seduciendo al dólar con un personal estilo, que se parece en demasiadas cosas a los gestos y arrumacos de Madam. Presiento que son de la misma Universidad. Tal vez él también sea dentista...
Paquito completa el cuadro volcando vasitos de tequila en el agua, haciendo aguadillas con sus propios chistes y poniéndose el gorro de bufón.
Ya en la mesa, nos distribuimos de forma que los universitarios puedan tocar las rodillas de sus presas. Tres mil camareros nos llenan la mesas con de todo: ceviche, pulpo (alguien intenta convencernos que es “a la gallega”, pero no veo ni aceite de oliva ni pimentón, pero hoy en día ... quien tiene narices de discutir con un cheff?), una ensalada de caracol (que es como sepia pero diferente...) y una pasta de habanero, de chile habanero que pica como si mascaras chicle de wasabi. Finalizados los aperitivos, con la chispa que el vino blanco y el sol cayendo a plomo, colándose entre las hojas de la palmera, nos sentimos más desinhibidos y Rusqui nos deleita con sus monólogos de borrachín profesional, de gracioso incontinente, de perla de los mares. Rusqui come, bebe, se salta el protocolo y nos hace tocar su pecho peludo, alegando que a los japoneses les vuelve locos. Todavía no se que pintan los japos en una comida en Isla Mujeres, pero a Paquito uno le perdona todo. Al menos, la primera vez.
Llega el pescado y el cocinero del lugar ha tenido a bien disfrazar a las insípidas gambas, que se obstinan en llamar camarones, con una gabardina más pesada que la del inspector Colombo. El empanado del pescado, también travestido, alegra el poco sabor que las aguas del caribe le dan a los peces comestibles. Y nos sueltan en el centro algo que se supone que es una exquisitez, pero que a mi me parece una dorada de crianza, de las de vivero, con más años que Matusalén y que lleva encima de las brasas desde el día en que Noé decidió repoblar el mundo, después del diluvio. Esta reseco, el poble pez y no habla por educación, que seguro tiene más historias que contar que Corin Tellado... Al final, agradeces el habanero, porque todo lo mata. Da igual lo que comas. El habanero lo reviste con una capa de picante que hace que bebas más vino, y eso, con Paquito al lado, es vital. Básico para llegar a los postres, sin clavarle el cuchillo en el centro del pecho para ver si, detrás de esa mata de pelo hay un ser humano o sólo un mono que brinca y dice tonterías.
Madam Dragon ha comido poco, y lo hace de forma pausada, como si quisiera deprender una elegancia de universitaria que yo no me trago ni con un plato de jalapeños para mi sola. Madam Dragon bebe vino a sorbitos y hace como que ya está de vuelta de todo mientras mira, poniendo ojitos a su nuevo patrocinador. Madam Dragon pone a sus reptiles encima de la mesa y nos ofrece un canalillo gratuito. La nena ni la mira, creo que ahora echa de menos su Ipod y daría cualquier cosa por estar en cualquier otro lugar con cualquier otra gente. Pero aguanta, vaya que si aguanta...
La sobremesa se alarga y Mr. Bragueta se lleva a su princesa a una hamaca, a darle algún motivo más para que no mire hacia otros horizontes más cabales. Se asegura el tanto y no quiere despistes. La boda es dentro de cuatro meses y sería una pena de tiempo invertido, si ahora su prometida reaccionara como un ser humano normal en vez de cómo una gilipollas hija de papa. Chico, te entiendo, te juegas demasiado. Llévatela y siguele cantando rancheras.
Las caipiroskas llegan y la cuenta llega. Mr. Money saca una visa que debe ser de diamantes (esta comida no se paga ni con una amex de platino...) y yo me dejo llevar por una puesta de sol espectacular, por un atardecer de ensueño. Por una luz mágica, que se lleva, por un momento, cualquier mal pensamiento de mi cabeza y me pide una reverencia absoluta. Creo en Dios. Al menos hasta que el milagro del ocaso se consuma y nos sumamos en una oscuridad cálida. Luego vuelven los demonios, los dragones y los malos pensamientos.
Paquito lanza un grito de guerra y volvemos al barco, para recorrer las 6 millas que separan el continente de la isla, sobre unas aguas que van tomando el color del petróleo. Barry White vuelve a desgañitarse y Madam Dragon y Mr. Money se apoderan de la cubierta, en un deplorable espectáculo de besos de enamorados, que no toca. De amor incontenido que no se de dónde lo sacan, de un furor adolescente para el que ya no tienen edad y ejecutan una performance ridícula, patética, miserable. No se, los estudiantes de la Computense (perdón! de la Complutense) deben ser así de fogosos a los cuarenta y algunos...
Cuando me levanto de la cubierta por miedo a que tanto amor me salpique el pareo, veo estrellas y una luna muy mora sobre mi y vuelvo a pensar que, a pesar de todo, les pueden dar a todos por el bum bum que yo me lo estoy pasando “padre”. El espectáculo de la vida es maravilloso, con sus pequeños defectos y sus grandes vanidades. Glorioso.
Al cabo de unos minutos, volvemos a amarrar el “love boat” en el embarcadero de la casa del tipo que custodia el barco. Recojo mis cosas, me peino un moño y me rio por dentro de la masacre que es la cabeza de Madam, de lo poco que le duraron las mechas bien colocadas y de los apuros que está pasando por poner un poco de orden en sus mechones, que rabiosos, han vuelto a su fiereza india. Pero no hemos terminado, no amigos, no. No acaba aquí la historia, esto se complica, ahora llega lo mejor. El marinero mayordomo prepara unos gin tonics de Bombay para todos y Paquito busca dvd´s y el mando a distancia. Se pelea con él, y en unos segu

ndos, nos vemos sentados delante de la pantalla de plasma más grande que he visto en mi vida, contemplando a alguien que me recuerda a Luís Cobos tocando cancioncillas al piano, melodías facilonas, tonadillas comerciales, mientras nuestros fogosos enamorados bailan apretaditos, ella susurrándole a el al oido que ha perdido los aretes en el barco... si seguimos así, acabará convenciéndolo que también ha perdido el himen, aunque ni ella sepa donde está eso que suena a timbal. Vemos el concierto entero del músico mexicano, que se supone un superstar de las teclas y Paquito vuelve a saltar buscando el concierto de Azzurro. Cuando por fin logra encontrar el play, me sorprendo ver que ese tal Azzurro es Zuchero Fornaciari, el italiano al que le gusta hacer bailar a las morenas. El fastfordward y el rewind son un enigma para Paquito y vemos-oimos la misma canción, mientras Mr. Money enciende un puro y la universitaria se acomoda en su pecho, con el pelo alborotado, con una pinta de pendón de Ramblas, enfundada en transparencias y crochet negro. Elegancia de sex shop. Artisteo del barato. Universidades de la vida y de la calle. Paquito parece dormitar y emite unos ronquidos entrecortados, con la cabeza como colgándole del cuello...
Cuando todo parece llegar al final, se presentan los dueños de la casa. Un argentino con pinta de ser capaz de robarle el chupete a un niño de cuna y entonces empieza la verdadera pesadilla. Más gintonics en la mesa y el argento poniendo un dvd del live aids 8, con Bob Geldof versionando a Pink Floid. El ladrón de chupetes despliega todo su poderío y conecta un amplificador digno de un concierto de los Rolling. Los altavoces estallan, las membranas se rompen y la terraza se satura con un volumen que no puedo soportar. Empiezo a revolverme en el sofá, contemplando el sombrero panamá del patrocinador oficial, las piernas enroscadas de su chica, la cara de aburrida de la niña (que hace rato que hubiera deseado fundirse como un helado de nueces de macadamia) y Paquito, en pié, con los brazos extendidos, moviendo las caderas como una bailarina del Tropicana, dando gritos y animándonos a todos, como presa de un exorcismo.
El sentido común me pide alejarme de Paquito y sus movimientos, del panamá del que tiene la pasta para financiar todo este circo, de los dragones de la universitaria, de la apatía de la niña y volar hacia mi casa, para darme una ducha y pedirme una pizza, y escuchar, muy bajito a Calamaro, contándome cosas que entienda.